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jueves, 28 de mayo de 2009

Escándalo de los manuscritos de Leonardo: la "novación" del contrato


Os dejo un enlace al Boletín de la Dirección General de Archivos y Bibliotecas correspondiente al número 94, de marzo-abril de 1967, en donde aparece la "novación" del contrato otorgado entre la Biblioteca Nacional y la Universidad de Massachussets para editar los famosos manuscritos. Luego había un contrato previo, y al parecer también había una clausula no escrita relacionada con la exigencia por parte de la BN de que no se diese publicidad al hallazgo.

Lo sorprendente es que a la altura de mayo, como vemos, después de que hubiesen rodado las cabezas del director y subdirector de la Biblioteca Nacional, Jules Piccus asiste a la "novación" del contrato. Un documento que será rescindido por la parte americana por motivos no bien conocidos. Me parece una posibilidad congruente que se les quisiese imponer la versión oficial en la edición -que luego aceptaría Reti- y dijesen que nones.


martes, 26 de mayo de 2009

Escándalo de los manuscritos vincianos: yo sigo


El hecho de traspapelar un documento en un archivo o biblioteca no creo que suponga ninguna novedad. Imagino que ocurre en todas partes. En este caso, mucho me temo que también influyó una cierta pose de infalibilidad de la institución, como si presumiesen de que a ellos este tipo de cosas no les pueden suceder, y yo soy de los que creen que en todas partes cuecen pan. En principio, me resulta creíble la versión que ofrece Carlos G. Santa Cecilia en su estupendo artículo publicado en El Mundo, aunque matizaría algo la actitud poco leal de Piccus con López de Toro.

Sólo lamento no conocer la versión que ofrece a día de hoy el jefe de Manuscritos de la BN, pues por una parte, no soy un adorador de libros, y antes de gastarme 1.500 € en una edición crítica, sinceramente, los daría con muchísimo más gusto a cualquier entidad benéfica, que no tengo a los libros por objetos decorativos, ni me parecen santos, ni creo que un libro deba ser un objeto de lujo al alcance de aquellos que se lo pueden permitir, por los mismos motivos, tampoco me parece ético rellenar una desiderata para que la biblioteca X me compre esta obra; por otra parte, no sé que la jornada técnica organizada con motivo de la nueva edición de los manuscritos vincianos, y en la que intervino Martín Abad, se vaya a publicar, así que resulta evidente que para este cesto faltan algunos mimbres fundamentales, pero es lo que hay.

Para intentar una aproximación a la visión actual de J. Martín Abad, también topé con la dificultad de que un libro suyo estaba perdido. Sé yo de muy buena tinta que cuando se fue a buscar el libro en cuestión, faltaba, y no había testigo. Se buscó por toda la casa el libro (documentos reservados por algún investigador, sala de trabajo A, sala de trabajo B, despacho tal, despacho cual, pregunta a fulanito, pregunta a menganito...). Nada, que no aparecía. Se revisaron unas estanterías por si estaba colocado fuera del lugar que le correspondía, y seguía sin aparecer hasta que, moviendo un armario denso apareció en el suelo un papelillo con pinta de testigo. Efectivamente, era el testigo que se había caído de su lugar y con él se localizó un libro que estaba dentro de la misma casa. Claro que esta búsqueda y hallazgo que, sin encontrarme en Boston ni ser el New York Times, os doy en primicia mundial, no la hizo ningún investigador, sino alguien de la misma casa.

En ese libro, he podido consultar el artículo que sigue:

Julian Martín Abad. "Los manuscritos vincianos de la Biblioteca Nacional". En: El enredijo de mil y un diablos (de manuscritos, incunables y raros, y de fondos y fantasmas bibliográficos). Madrid : Ollero y Ramos, 2007.

En realidad, El enredijo es una recopilación de trabajos del autor. El que dedica a los manuscritos vincianos data del año 1997, así que tal vez careciese por esas fechas de algún que otro elemento de juicio, como puede ser el artículo de Carlos G. Santa Cecilia publicado en El Mundo que parece usar el testimonio de la viuda de Piccus. No le faltan minuciosidad ni prudencial distancia a Martín Abad a la hora de relatar los avatares por los que pasaron los manuscritos, pero en punto a lo ocurrido con su hallazgo o identificación, tampoco se decanta de forma clara por una postura u otra. De hecho, comienza el trabajo indicando: "presumo que tal vez nunca conozcamos una historia desapasionada de este evento. Tal vez sea incluso imposible en sus menores detalles".

Os copio dos párrafos que me parecen significativos a la hora de ver como este autor mantiene una cierta distancia de la versión que él mismo denomina oficial:

"La versión siempre oficial, insisto, señala que los manuscritos se localizaron en el invierno del año 1964 a 1965. Estaban y habían permanecido en sus lugares correctos, de acuerdo con las antiguas signaturas. La errata del Índice de Gonzalez era la responsable de tal desconcierto. El hallador, sencillamente, el Jefe de la Sección de Manuscritos, Ramón Paz y Remolar, instado por el Subdirector de la Biblioteca Nacional, José López de Toro, al que a su vez había instado reiteradamente André Corbeau. Inmediatamente después uno de los manuscritos ocupó un lugar en una de las exposiciones organizadas por la Biblioteca Nacional ese año 1965".

Tras las noticias aparecidas en el New York Times, en el Washington Post o en el ABC el 15 de febrero, sigue indicando este autor: "las informaciones que se logran reunir dan siempre la sensación de que están totalmente controladas versus manipuladas. Se tiene la sensación de que existen demasiados intereses, también claramente corporativistas, sin permitir en modo alguno un mínimo conocimiento fiable de los acontecimientos".

En fin, para mí que el cese del director y subdirector de la BN es bien elocuente en lo que a responsabilidad o culpabilidad se refiere, aunque se ocultasen los motivos de los ceses. La tradición oral dice que en los sesenta un director de la BN fue destituido porque un investigador localizó los dos manuscritos vincianos antes de que la institución lo hubiese hecho, y con eso me quedo, salvo mejor opinión.

No me parece de recibo la actitud de Piccus. Si López de Toro le permitía acceder al depósito y le había permitido también tomar imágenes de los documentos (el microfilmador declaró no tener recuerdo de haberlos procesado), lógico sería que Piccus, en atención al trato privilegiado que se le había dispensado, evitase dar publicidad al descubrimiento, tal y como se le había pedido. En este mismo sentido, hubo incluso una mala praxis por su parte al facilitar a The New York Times imágenes de los documentos, porque Piccus no era nuevo en un archivo o biblioteca de investigación, en donde en seguida se conoce que para publicar la imagen de un documento hay que pedir permiso. Y Bordonau declaró que no constaba que se lo hubiesen facilitado. En fin, que no me parece una actitud leal ni legal.




sábado, 23 de mayo de 2009

Siniestradas del Franquismo: la identificación en 1965 de los códices de Leonardo en la BN (actualizado a 26/05/2008)


Uno de esos episodios siniestros, truculentos, cutres, en los que se mezcla el oscurantismo franquista (¿aún hoy?) con un nacionalismo tonto, y al que parece que coadyuvaron los estudiantes de las famosas asambleas libres -socavadoras del régimen, of course- con manifas ante la Biblioteca Nacional, tiene por protagonistas a los dos códices de Leonardo da Vinci, Madrid I y II, que atesora esta institución.

El País de ayer nos anunciaba una nueva edición de los famosos códices, pero como veremos, cualquiera diría que aún hoy se acepta la posición oficial del régimen franquista en lo que a algún detalle interesante se refiere, y no lo que en realidad parece que sucedió. Me estoy refiriendo al descubrimiento de los dos manuscritos después de haberse considerado perdidos o robados durante más de cien años, asunto éste sobre el que el reportaje pasa de puntillas, como si quemase.

Con la muerte de Leonardo, sus papeles pasaron a uno de sus discípulos, Francesco Melzi, de este a un escultor de la corte de Felipe II, Pompeo Leoni, y de este a su vez a un noble estrafalario, Juan de Espina, del que se decía que vivía en Madrid, en un palacio destartalado, y era servido por autómatas de madera. A la muerte de Espina, sin descendencia, los códices pasaron al rey, a la Biblioteca Real.

En torno a 1830 se realiza el primer inventario de manuscritos de la hoy Biblioteca Nacional, y los códices en cuestión se asientan con una signatura equivocada. La que les correspondía era Aa 119 y Aa 120, pero se anotaron como Aa 19 y Aa 20. Inventarios posteriores no hicieron sino copiar las signaturas erróneas, con lo cual estos códices siguieron sin poder localizarse. Fue tal el interés de investigadores españoles y extranjeros, que el director por antonomasia de la BN, Marcelino Menéndez Pelayo, ordenó la búsqueda de los documentos, que resultó infructuosa y desde entonces se consideró que los famosos códices se habían robado en alguno de los trasiegos que sufrió la BN durante el siglo XIX.

En 1965 trabajaba en la BN un investigador americano, Jules Piccus, que había entablado amistad con el subdirector, José López de Toro, y debido a ello accedía personalmente al depósito de manuscritos en donde buscaba cancioneros españoles medievales. Aunque hoy pueda sorprender que un investigador acceda al depósito de un archivo (o biblioteca), me consta que por esas fechas no era del todo infrecuente que los investigadores se sirviesen ellos mismos, bien por falta de personal, bien porque eran asiduos, de toda confianza, y habiendo entablado amistad con el personal del archivo, se les permitía el acceso directo a la documentación.

Una mañana de primavera de 1965 estaba Jules Piccus buscando sus cancioneros en los depósitos cuando se topó, y lo que es más importante, identificó, sendos volúmenes como los dos códices de Leonardo que se daban por perdidos. De inmediato corrió a avisar a José López de Toro del descubrimiento, y con su permiso se llevó una copia microfilmada de los documentos. A finales de 1966 Piccus volvió a la BN y se encontró a Ladislao Reti, convocado por López de Toro, tal vez uno de los mayores especialistas en Leonardo de la época. El 13 de febrero de 1967 Piccus y Reti presentaron en la universidad del primero, la de Boston, el hallazgo. La noticia fue portada al día siguiente del New York Times, y durante meses Piccus fue entrevistado como una celebridad por prensa de todo el mundo.

El escándalo que se montó en España fue mayúsculo, incluso con manifas ante la BN en las que se incluían pancartas con el signo del dólar. Piccus, para no comprometer a López de Toro, declaró que había identificado esos documentos porque se los habían servido en su mesa de forma errónea, y no, como en realidad había sucedido, porque los había encontrado en los propios depósitos de la BN.

José López de Toro fue destituido de forma fulminante, al igual que el director de la BN, Miguel Bordonau y Mas, y el contrato que tenía Piccus para coeditar los códices, rescindido por parte española. Por si esto fuese poco, al bueno de Jules Piccus se le retiró el carné de investigador, falleciendo en 1997 sin haber vuelto a ver lo que se ha calificado como uno de los hallazgos bibliográficos más extraordinarios del siglo XX.

Os dejo el enlace a un magnífico reportaje de El Mundo correspondiente al 9 de marzo de 2003, que emplea como fuente a la viuda de Piccus, y cuyo contenido resumí en esta anotación.

MISTERIOS SIN RESOLVER

Y dejo también unas preguntas en el aire... En el reportaje publicado en El País de ayer, que al parecer sigue lo manifestado por el actual jefe de Manuscritos de la BN, y que pasa de puntillas sobre el hallazgo, leo que "el extravío, hasta 1964, de los manuscritos 8.937 y 8.936 de Leonardo (...)".

1.- ¿Hasta 1964? O bien hay una errata y en donde se anotó 1964 debía haberse escrito 1965... o bien se está siguiendo la tesis oficial de la época, según la cual los dos códices se habían identificado -antes de que Piccus lo hubiese hecho- por la propia institución, como lo demostraría el hecho de que hubiesen estado expuestos en el Día del Libro de 1965. Lo que no se dijo entonces es que se expusieron sin constancia de autor, entre los "fondos científicos" ¿Alguien se cree que unas obras de esta envergadura pueden figurar en una exposición institucional, por modesta que sea, sin identificar al autor si era cierto que en realidad se conocía?

2.- ¿Cuál será la posición actual de la BN?


ACTUALIZACIÓN [26/05/2008]

Rastreando bibliografía, me he encontrado con la versión oficial (1989), que excluye a Jules Piccus, al que ni se menciona:

André Corbeau escribió poco antes del hallazgo de los manuscritos, un trabajo aún hoy fundamental, titulado Les manuscrits de Leonard de Vinci. Contributions hispaniques a leur histoire. En él sugiere una nueva búsqueda y la revisión de las correspondencias entre signaturas antiguas y modernas: "...une remise en ordre des ces correspondances permetrait peut-être de retrouver ces deux manuscrits..." Finalmente, en el invierno de 1964 se encontraron los códices en los Depósitos de la Biblioteca Nacional, donde siempre habían estado.

Manuscritos de Leonardo da Vinci en la Biblioteca Nacional. Madrid : Ministerio de Educación y Ciencia, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1989, p. 7.

Los que queráis ver la portada del New York Times (14/02/1967) en donde apareció la noticia, así como al bueno de Miguel Bordonau y Mas con una cierta cara de susto en otra portada, la del ABC (16/02/1967), pinchad aquí (pp. 75-77).




martes, 23 de diciembre de 2008

Sic vos non vobis


Para quien esté o se pase estos días por Madrid, tengo el gusto de recomendar esta exposición que se celebra en la Biblioteca Nacional. No es una muestra espectacular, con un gran despliegue de medios como su vecina dedicada a Amadis de Gaula y los libros de caballería, pero se deja ver muy bien. Creo que está orientada al gran público y a éste le ofrece una visión de conjunto sobre la evolución del Cuerpo Facultativo de archiveros-bibliotecarios, luego Cuerpo Facultativo de archiveros, bibliotecarios y anticuarios, y hoy, Cuerpo Facultativo de archiveros, bibliotecarios y arqueólogos.

En cualquier caso, para quien esté más familiarizado con la historia de este cuerpo, o con la de los archivos, bibliotecas y museos que sirven o sirvieron, la exposición ofrece unos cuantos guiños, algunos impagables. Por ejemplo, aparecen varios retratos de archiveros muy conocidos, caso de Vicente Vignau Ballester [casi me da un pasmo al verlo ;-) ], caso de Tomás Muñoz Romero o de Francisco González Vera. Tal vez la pieza más llamativa sea un precioso plano a dos tintas que recoge la fachada del desaparecido Archivo General Central, sin que me hubiesen pasado desapercibidos algunos interesantes documentos, como un recuento de la documentación eclesíastica.

Uno de los guiños me hizo hilar, no sé si muy fino, pero desde luego hilé. Al ver uno de los retratos de lejos, me pareció el de Wenceslao Fernández Flórez. Inmediatamente me acerqué a la cartela y vi que no era él, sino ¡Miguel Gómez del Campillo! Como muchos sabréis, este archivero, director del AHN al concluir la Guerra Civil, fue instructor de muchos expedientes de depuración del Cuerpo Facultativo. Pero la sorpresa o el guiño subió de punto. Frente al retrato de Gómez del Campillo aparecía en una vitrina un pliego de descargos de... María del Carmen Pescador del Hoyo. No tenía ni idea que esta archivera tan conocida fuese depurada, pero vaya si lo fue. Haciendo ahora una búsqueda en el BOE, en el de 24-V-1941 se le impone:

-Prohibición de solicitar cargos vacantes durante cinco años.
-Postergación durante cinco años.

-Inhabilitación para el desempeño de puestos de mando o de confianza y especial prohibición de servir en bibliotecas donde pueda tener comunicación con el público juvenil.

En consecuencia, se dispone su traslado desde la Biblioteca Pública de Zamora al Archivo Provincial de Hacienda en la misma ciudad. Debió recurrir, pero en el BOE de 7 de abril de 1942 se hace firme la sanción. El guiño seguía dando vueltas. Como muchos recordarán, esta autora en un artículo, tal vez La documentación de la Administración Central y sus vicisitudes, critica con dureza el edificio que ocupa el AHN y a quien impulsó su construcción. Por esas fechas ejercía la dirección del centro Gómez del Campillo, y tal vez este tuviese algo o mucho que ver con esas obras.

Y sigo con el juego que dan las piezas alusivas a Gómez del Campillo y Pescador del Hoyo, Si el primero fue instructor del expediente de depuración de la segunda, o actuó en la revisión del mismo, no es de extrañar que ésta se despachase a gusto, entre líneas, contra alguien que le había fastidiado la vida. En fin, un guiño realizado con elegancia y sin estridencias, que ya se pelearon ellos y bastante mal lo debieron pasar (a Gómez del Campillo creo que estuvieron a punto de fusilarlo), como para que ahora nosotros tengamos que repetir o interiorizar sus experiencias.

Con vuestro permiso, me voy a cenar el catálogo, que está bien de precio (30 €) y se imprimió para ser leído.

PD: Hace no muchos días mi otro yo se pasó por el AHN. El trato fue exquisito. Iba junto a un amigo, para más señas arquitecto, que con indisimulado hastío me suele acompañar en excursiones varias por archivos, aunque no entre -yo también transijo y acudo a museos y exposiciones de pintura que con demasiada frecuencia no me dicen absolutamente nada. Esta vez entró, aunque salió pronto. Le pregunté al irnos qué impresión había sacado del edificio, y me dijo que era cutre-cutre, que no se esperaba algo así, y tampoco se correspondía con el nombre que lleva la institución; vamos, que a nadie se le escapa que al AHN le hace falta un nuevo edificio...