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viernes, 3 de julio de 2009

El lío de los mss. vincianos: mis conclusiones particulares (2ª ed. corr. y aum.)

A lo largo de estas semanas me lo he pasado de_luxe, oye, buscando información sobre un asunto del que no tenía más datos que una noticia de tradición oral: en los 60 se había destituido a un director de la BN porque un investigador había descubierto identificado dos manuscritos vincianos antes de que la institución lo hubiese hecho. Y con esto me quedo.

Lo demás es un verdadero lío con el que a mi juicio se intentó tapar un enfado y un descontento del nacionalismo españolista tan propio de la época, por el ridículo que se estaba haciendo, y como leí en algún sitio, se vio que el sistema en su conjunto quedó en entredicho. Tal y como recordaba en 1978 el MCU con ocasión de las oposiciones a bibliotecas, era lamentable que tras tantos años, desde 1858, las cosas estuviesen como estaban... No es de extrañar, porque no eran infrecuentes los trabajos particulares [que si uno no era archivero de la casa de tal, el otro era profe en el instituto o en el colegio o en la universidad, publicaba trabajitos de historiador, etc. Conozco el caso de quien tenía en su puesto a algo así como un gestor administrativo, al que pagaba de su bolsillo para poder ir a su trabajo particular que era de mañana; otro era, en palabras de su sucesor, "un cara" que se pasaba los inviernos en el Mediterráneo]. En definitiva, que a la altura de 1965 aún no se hubiese identificado la autoría vinciana de esos dos tratados científicos, y que no se hubiesen llegado a describir con profundidad suficiente es un poco triste ¿o no? Ocupaban y ocupan la signatura nueve mil y pico ¿En más de cién años, cién, no habían llegado a catalogar unos 90 manuscritos por año, o si quieres, siete al mes? Y ahí radica la contradicción en aquellos funcionarios, paradigma del nacionalista español de la época, que demostraban el afecto hacia su país de forma fervorosa... pero por la boquita, sin ir mucho más allá; al menos a juzgar por la contraprestación que proporcionaban a sus compatriotas por el sueldo que se les pagaba. No sé si me explico...

Me quedo, por lo que pude leer, con la bondad de López de Toro, que inició la publicación del Inventario general de manuscritos, al que se pinta como bonachón, por su producción bibliográfica, más erudito que bibliotecario, tal vez algo ingenuo, pero sobre todo, parece que amigo de sus amigos; y esa amistad que le produjo satisfacciones, parece también que lo traicionó. Me resulta perfectamente creíble que Piccus resultase beneficiado por López de Toro más allá de permitirle acceder a los depósitos, por simple amistad, y me parece también posible que se le exigiese confidencialidad en lo que a publicación de los manuscritos se refiere... y que rompiese con la palabra dada, ocasionando la consabida escandalera de España ultrajada, y demás. Algo coherente con lo que cuenta su viuda: "Piccus se debía a su universidad", y siguen unos puntos suspensivos...

Conozco dos semblanzas de López de Toro con motivo de su fallecimiento, ambas afectuosas, y ambas de quienes trabajaron con él en la sección de mss en la BN. En la de Amalia Sarriá, encuentro una doble lectura en relación con esa amistad no correspondida a la que acabo de referirme:

"Rendía culto apasionado a la amistad. La "amistad" que le deparó grandes alegrías, pero también enormes decepciones. Le llenaba de gozo la delicadeza de un amigo; el recuerdo agradecido era para él el mejor pago a cambio de un favor".




domingo, 28 de junio de 2009

Escándalo de los mss. vincianos: la opinión de Martín Abad


La web del Instituto de Ingeniería de España recoge el vídeo sobre la Jornada Internacional "Leonardo da Vinci el ingeniero y su contexto". Podéis ver la intervención de jefe de Manuscritos de la BN, J. Martín Abad, que tiene interés y desmiente, entre otras cosas, que Piccus entrase solo en los depósitos de la BN, ya que según Martín Abad, lo hacía en compañía de López de Toro de acuerdo con un documento escrito por Piccus que consultó -lo que no queda claro es si Piccus manifestó que entraba con López de Toro en los depósitos para no comprometerlo, o realmente entraba solo como dice su viuda; como también consta a Martín Abad que las copias en microfilm de los documentos fueron realizadas por la propia institución, contra lo dicho por el microfilmador en la prensa de la época, o mejor, lo que decía Miguel Bordonau y Mas, que nos trasladaría la opinión del microfilmador según el cual "no recordaba" haber procesado estos documentos.

La versión de este bibliotecario se resume en que difícilmente se conocerá lo sucedido, y que el caos es fruto de un deseo incontenible de usurpación de la fama de Leonardo.

Llama también la atención que el mismo Martín Abad en un momento deternimado señala que pierde su "respeto" en López de Toro y sugiere una cierta "compliciad" entre Piccus y el subdirector de la BN, que se jubila de forma anticipada el 31 de marzo de 1967 e incluso intentó ingresar en una cartuja catalana. El director de la Biblioteca Nacional, Miguel Bordonau y Mas, que por lo que leí, nada tiene que ver con el asunto como no sea la responsabilidad de dirigir la institución, cesa el 4 de abril de 1967.

Sin menoscabo de la opinión de Martín Abad, que tiene interés, echo de menos la tradición oral, y me resulta llamativo que ignore la versión que proporcionó la viuda de Piccus y se publicó en El Mundo. En un caso como este, creo que uno no puede guiarse sólo por los documentos oficiales, sino que se debe ir más allá, y a veces la tradición oral da pistas suficientes para revelar lo que la burocracia o la versión oficial y el corporativismo ocultaron. Aunque hayan muerto Piccus -conocemos la versión de su viuda- Bordonau, Sánchez Belda, López de Toro y demás, es de suponer que tendrán familia y compañeros a los que se podría preguntar. Está afortunadamente vivo M. Carrión Gútiez y otros trabajadores de la BN que en mi opinión tuvieron que conocer directa o indirectamente alguna versión de lo sucedido, y tengo la sensación de que no se quiere contar con todas las fuentes de información posibles y que tal vez, sólo tal vez, al menos a juzgar por lo que escribe Carrión en un artículo que cita Martín Abad en el Enredijo de mil y un diablos, del que nos ocupamos, que no se quiere contar todo lo que se sabe.

Para mí sigue siendo posible que Piccus hubiese identificado, que no descubierto los manuscritos. El hecho de que Martín Abad señale que localizó un documento en el que Piccus desmiente haber bajado al depósito solo, no contradice la versión de su viuda, que relató cómo su marido bajaba al depósito solo, pero para no comprometer a López de Toro, declaró haber descubierto los documentos en su mesa tras haberselos servido al proporcionar una signatura equivocada. En archivos con fondos desorganizados, o que contaban con unos instrumentos descripción manifiestamente mejorables, el permitir que un investigador bajase al depósito era la solución que se adoptaba cuando se le conocía. Todavía a mediados de los 80, sé que un director de archivo se puso ante la puerta del depósito para decir a un investigador de los de toda la vida, que no podía acceder al depósito personalmente, que al depósito sólo entraban los trabajadores del archivo, y por cierto que lo aceptó muy bien. Por otra parte, si Piccus no hubiese identificado los manuscritos y no tuviese nada que ver en el asunto, ¿qué sentido tiene el primer contrato? ¿Lo forzó López de Toro para beneficiar a Piccus por motivos que se escapan? Una vez que cesa Bordonau y se jubila López de Toro, ¿cómo se justifica la presencia de Piccus en la novación del contrato, si no es porque algún reconocimiento se le estaba tributando?



domingo, 31 de mayo de 2009

Lo que se calló en el escándalo de los manuscritos de Leonardo


Voy a dar mi opinión -tal vez equivocada o falta de elementos de juicio suficientes- pero mi opinión al fin y a la postre sobre un tema no delicado, delicadísimo, que tal vez fuese uno de los factores que influyó y estuvo tras el escándalo de los manuscritos vincianos. Hace años, no sé que chorradilla dije en un foro, que al día siguiente tenía a un archivero del Estado rebotadísimo y con toda razón, quejándose en Arxiforum porque no todos eran vagos. Si no empleaba la palabra vagos, ese era el sentido. Porque por rumores y cotilleos, que no sea: que si no sé qué rollo con unas cortinas, o que los IDD y cuadro de organización de fondos válidos son los históricos, y tal y tal, y tal. Creo que las nuevas generaciones sí trabajan, y me refiero al modo en que yo, que tan sólo doy mi opinión, entiendo el trabajo de un archivero, y llevan muy mal el sambenito que se cuelga a todos, sin duda de forma injusta.

Dejándonos de presente y entrando en el pasado, también creo sinceramente que el estado de organización y descripción de algunos fondos y colecciones, es elocuente en lo que a trabajo realizado por pasadas generaciones se refiere, tanto de archiveros como de bibliotecarios. En este sentido, otro escándalo, el de las oposiciones a bibliotecas de 1978, generado entre otras cosas, porque no se contemplaba una prueba específica de latín en las mismas, llevó al naciente MCU a publicar un comunicado en el que ponía el dedo en la llaga:

La Dirección General del Libro y Bibliotecas lamenta que después de 120 años de profesión todavía queden por catalogar incunables, libros raros y manuscritos. En 1978, y dado que el mayor nivel de lectura pública es un objetivo que demanda urgentemente la sociedad española, no parece lógico que el Cuerpo Facultativo de Bibliotecarios se dedique, en su totalidad, a terminar una labor en la que sus componentes llevan trabajando 120 años.

Esta contestación del MCU parece a A. Torrblanca López "desafortunada". Es posible, lo que no evita que el autor se pronuncie como sigue, y salvo mejor opinión, creo que más de una razón y también más de dos, le asisten:

Siceramente debo señalar, aunque sin la intención de generalizar, que tanto el archivero como el bibliotecario y el conservador de museos habitualmente han sido malos funcionarios, y algunos todavía lo son. Hasta hace no mucho se han concebido a sí mismos como eruditos, científicos y especialistas que no tienen que rendir cuentas a nadie por su trabajo. ¿Cuántas veces he oído de mis colegas decir orgullosamente que ellos no eran funcionarios, sino archiveros? ¿Cuántas veces, igualmente, me he preguntado si serían conscientes de que habían alcanzado su estatus tras superar unas pruebas de ingreso al servicio del Estado? ¿Ignoran que su patrón es el conjunto de los ciudadanos que pagan impuestos? ¿Saben que su sueldo sale de una partida consignada en los Presupuestos Generales del Estado? Dentro de las críticas vertidas sobre el Cuerpo, algunas veces gratuitas, otras muchas cargadas de razón, también se cuentan las formuladas por muchos investigadores que se han sentido perjudicados por la forma en la que determinados miembros del Cuerpo han controlado el acceso y uso de los fondos y colecciones documentales, bibliográficas y museísticas, de los que prácticamente se han apropiado, haciendo uso de ellos como si de un bien privado se tratase; o por el exceso de celo que, según otros, ponemos a la hora de interpretar las normas sobre acceso a los fondos que custodiamos.

Y sigue diciendo más adelante algo que también comparto:

Tengo la sensación, y esto es algo opinable, de que el Cuerpo ha sido víctima de su propia imagen y del concepto que sus miembros han tenido de sí mismos. Tan altos custodios de la Cultura han sido vistos desde fuera, y personalmente creo que hemos contribuido a ello, como una corporación de personas en extremo afectadas y elitistas; en suma, que nos han visto siempre como funcionarios tragavirotes.

Agustín Torreblanca López. El Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, 1858-2008 : historia burocrática de una institución sesquicentenaria. [Madrid] : Ministerio de Cultura, Subdirección General de Publicaciones, Información y Documentación, D.L. 2009, p. 18-19 y 218.

Creo que sí, que por rumores y comentarios... No me quiero acordar, hace ya muchos años, cuando tuve que visitar un archivo provincial de Hacienda y entrevistarme con la archivera. No oculto que me embargaba una sensación entre el temor y el empequeñecimiento. Además cuidao, por una parte se decía de las archiveras pata negra que tenían sus días, y todo dependía de lo bien o mal que le cayeses. Si le caías bien, te había tocado la lotería, trabajaban de forma normal o incluso de forma inmejorable; si no le caías bien te podías preparar, porque con el imprescindible adobo machista, se decía que eran solteronas, pero sobre todo, de armas tomar; vamos, que si te descuidabas, más o menos casi te podían soltar una injuria real y hacerte atravesar la pared. He de reconocer que esta archivera no pudo ser más amable conmigo y en cuanto al estado civil, me daba absolutamente lo mismo; pero es cierto que tenía una pose algo afectada, y resultaba molesto. Por ejemplo, al concluir una de las consultas, recuerdo muy bien que le dije que había sido muy amable, porque era cierto que lo había sido. Me contestó "es que yo soy una archivera auténtica, del Cuerpo Facultativo de archiveros, bibliotecarios y arqueólogos. Lo malo es que ahora en los archivos trabajan quienes no son auténticos archiveros, y claro...". Con la misma sinceridad os digo que la idea-estatua que me hice, era de barro, y cuando vi lo poco y mal que había trabajado la buena de la señora, me quedé de piedra. No sólo yo. Me dicen que desde que se jubiló no cubren la plaza porque otra como esta, no.


Como todas las generalizaciones son injustas, me gustaría hablaros de alguien que me parece admirable como funcionaria pública. Esta chica empezó a trabajar en un archivo como auxiliar (hoy ayudante) en torno a 1940, codo con codo con otra chica, facultativo, que lamentablemente estaba desterrada como consecuencia de un expediente de depuración. Cualquiera de las dos me parece un ejemplo de compromiso con su trabajo. La facultativo volvió a su ciudad de origen a finales de los 40 o principios de los 50, pero la auxiliar siguió hasta que falleció en torno a 1974. Esta mujer, al parecer algo monjil :-) , se llevaba trabajo el fin de semana y el lunes volvía con 200 fichas copiadas a mano y escritas a plumilla, mojando en el tintero. No quiero referirime en detalle a su trabajo pero es una verdadera barbaridad, mucho y bien; vaya, que se nota que no paraba un solo día, y además de organizar y describir los fondos, uno sobre todo, catalogaba y llevaba la biblioteca y además hacía de auxiliar administrativo, y de habilitada de pagos, y durante años también llevó el archivo provincial de Hacienda, etc. Un problema que acabó por terminar con su vida hizo que perdiese una pierna. No dejó el trabajo. Al contrario, alquiló una casa muy cerca del archivo para poder seguir trabajando. Al fallecer, le comentó al director que sólo lamentaba morir por no acabar de catalogar el fondo que llevaba trabajando más de 30 años. Sigue presente el respeto y la admiración hacia ella en ese archivo, tan presente que hasta el fantasma que hay en los depósitos -porque haberlo dicen que haylo- y al que también se mira (imagina) con afecto, lleva su mismo nombre.

Concluyo con un chascarrillo, y espero que así se entienda. Hace pocos días consultaba sendas licitaciones del MCU para digitalizar documentos. Más o menos me hice la idea de que una era para un porrillo de fondos relacionados con la Guerra Civil y penurias subsiguientes, y la otra, afectaba a diversos fondos que no se relacionaban con el monotema. Me llamó la atención que la mayor parte de los archivos, a la hora de abordar el estado de conservación de los documentos, empleaban el consabido bueno, regular o malo. En algunos casos, incluso llegaban a precisar que un tanto por ciento x presentaba ataques de anóbidos, otro tanto por ciento y, estaba afectado por tal patología, etc. Pues bien, en uno de los archivos, me subió las comisuras de los labios el ver que anotaban para la conservación: delicada. Con toda mi consideración, hombre, me parece un eufemismo algo afectado. En viejos IDDs uno comprueba que no tenían pelos en la lengua, y me parece a mí que aportaban más información los tabúes, que empleaban sin complejos: carcomido, podrido, roto, faltoso ¿Que ahora no suenan bien y es mejor el bueno, regular o malo? Estupendo. Pero oye, si se hacen cambios, no sé si me paso de rosca pidiendo que se vuelva y acepte con toda naturalidad el carcomido, podrido, faltoso, o roto, lo que sí creo es que esto de que el estado de conservación es delicado, es pasarse de cool y de fino ¿o no? :-)





jueves, 28 de mayo de 2009

Escándalo de los manuscritos de Leonardo: la "novación" del contrato


Os dejo un enlace al Boletín de la Dirección General de Archivos y Bibliotecas correspondiente al número 94, de marzo-abril de 1967, en donde aparece la "novación" del contrato otorgado entre la Biblioteca Nacional y la Universidad de Massachussets para editar los famosos manuscritos. Luego había un contrato previo, y al parecer también había una clausula no escrita relacionada con la exigencia por parte de la BN de que no se diese publicidad al hallazgo.

Lo sorprendente es que a la altura de mayo, como vemos, después de que hubiesen rodado las cabezas del director y subdirector de la Biblioteca Nacional, Jules Piccus asiste a la "novación" del contrato. Un documento que será rescindido por la parte americana por motivos no bien conocidos. Me parece una posibilidad congruente que se les quisiese imponer la versión oficial en la edición -que luego aceptaría Reti- y dijesen que nones.


martes, 26 de mayo de 2009

Escándalo de los manuscritos vincianos: yo sigo


El hecho de traspapelar un documento en un archivo o biblioteca no creo que suponga ninguna novedad. Imagino que ocurre en todas partes. En este caso, mucho me temo que también influyó una cierta pose de infalibilidad de la institución, como si presumiesen de que a ellos este tipo de cosas no les pueden suceder, y yo soy de los que creen que en todas partes cuecen pan. En principio, me resulta creíble la versión que ofrece Carlos G. Santa Cecilia en su estupendo artículo publicado en El Mundo, aunque matizaría algo la actitud poco leal de Piccus con López de Toro.

Sólo lamento no conocer la versión que ofrece a día de hoy el jefe de Manuscritos de la BN, pues por una parte, no soy un adorador de libros, y antes de gastarme 1.500 € en una edición crítica, sinceramente, los daría con muchísimo más gusto a cualquier entidad benéfica, que no tengo a los libros por objetos decorativos, ni me parecen santos, ni creo que un libro deba ser un objeto de lujo al alcance de aquellos que se lo pueden permitir, por los mismos motivos, tampoco me parece ético rellenar una desiderata para que la biblioteca X me compre esta obra; por otra parte, no sé que la jornada técnica organizada con motivo de la nueva edición de los manuscritos vincianos, y en la que intervino Martín Abad, se vaya a publicar, así que resulta evidente que para este cesto faltan algunos mimbres fundamentales, pero es lo que hay.

Para intentar una aproximación a la visión actual de J. Martín Abad, también topé con la dificultad de que un libro suyo estaba perdido. Sé yo de muy buena tinta que cuando se fue a buscar el libro en cuestión, faltaba, y no había testigo. Se buscó por toda la casa el libro (documentos reservados por algún investigador, sala de trabajo A, sala de trabajo B, despacho tal, despacho cual, pregunta a fulanito, pregunta a menganito...). Nada, que no aparecía. Se revisaron unas estanterías por si estaba colocado fuera del lugar que le correspondía, y seguía sin aparecer hasta que, moviendo un armario denso apareció en el suelo un papelillo con pinta de testigo. Efectivamente, era el testigo que se había caído de su lugar y con él se localizó un libro que estaba dentro de la misma casa. Claro que esta búsqueda y hallazgo que, sin encontrarme en Boston ni ser el New York Times, os doy en primicia mundial, no la hizo ningún investigador, sino alguien de la misma casa.

En ese libro, he podido consultar el artículo que sigue:

Julian Martín Abad. "Los manuscritos vincianos de la Biblioteca Nacional". En: El enredijo de mil y un diablos (de manuscritos, incunables y raros, y de fondos y fantasmas bibliográficos). Madrid : Ollero y Ramos, 2007.

En realidad, El enredijo es una recopilación de trabajos del autor. El que dedica a los manuscritos vincianos data del año 1997, así que tal vez careciese por esas fechas de algún que otro elemento de juicio, como puede ser el artículo de Carlos G. Santa Cecilia publicado en El Mundo que parece usar el testimonio de la viuda de Piccus. No le faltan minuciosidad ni prudencial distancia a Martín Abad a la hora de relatar los avatares por los que pasaron los manuscritos, pero en punto a lo ocurrido con su hallazgo o identificación, tampoco se decanta de forma clara por una postura u otra. De hecho, comienza el trabajo indicando: "presumo que tal vez nunca conozcamos una historia desapasionada de este evento. Tal vez sea incluso imposible en sus menores detalles".

Os copio dos párrafos que me parecen significativos a la hora de ver como este autor mantiene una cierta distancia de la versión que él mismo denomina oficial:

"La versión siempre oficial, insisto, señala que los manuscritos se localizaron en el invierno del año 1964 a 1965. Estaban y habían permanecido en sus lugares correctos, de acuerdo con las antiguas signaturas. La errata del Índice de Gonzalez era la responsable de tal desconcierto. El hallador, sencillamente, el Jefe de la Sección de Manuscritos, Ramón Paz y Remolar, instado por el Subdirector de la Biblioteca Nacional, José López de Toro, al que a su vez había instado reiteradamente André Corbeau. Inmediatamente después uno de los manuscritos ocupó un lugar en una de las exposiciones organizadas por la Biblioteca Nacional ese año 1965".

Tras las noticias aparecidas en el New York Times, en el Washington Post o en el ABC el 15 de febrero, sigue indicando este autor: "las informaciones que se logran reunir dan siempre la sensación de que están totalmente controladas versus manipuladas. Se tiene la sensación de que existen demasiados intereses, también claramente corporativistas, sin permitir en modo alguno un mínimo conocimiento fiable de los acontecimientos".

En fin, para mí que el cese del director y subdirector de la BN es bien elocuente en lo que a responsabilidad o culpabilidad se refiere, aunque se ocultasen los motivos de los ceses. La tradición oral dice que en los sesenta un director de la BN fue destituido porque un investigador localizó los dos manuscritos vincianos antes de que la institución lo hubiese hecho, y con eso me quedo, salvo mejor opinión.

No me parece de recibo la actitud de Piccus. Si López de Toro le permitía acceder al depósito y le había permitido también tomar imágenes de los documentos (el microfilmador declaró no tener recuerdo de haberlos procesado), lógico sería que Piccus, en atención al trato privilegiado que se le había dispensado, evitase dar publicidad al descubrimiento, tal y como se le había pedido. En este mismo sentido, hubo incluso una mala praxis por su parte al facilitar a The New York Times imágenes de los documentos, porque Piccus no era nuevo en un archivo o biblioteca de investigación, en donde en seguida se conoce que para publicar la imagen de un documento hay que pedir permiso. Y Bordonau declaró que no constaba que se lo hubiesen facilitado. En fin, que no me parece una actitud leal ni legal.




sábado, 23 de mayo de 2009

Siniestradas del Franquismo: la identificación en 1965 de los códices de Leonardo en la BN (actualizado a 26/05/2008)


Uno de esos episodios siniestros, truculentos, cutres, en los que se mezcla el oscurantismo franquista (¿aún hoy?) con un nacionalismo tonto, y al que parece que coadyuvaron los estudiantes de las famosas asambleas libres -socavadoras del régimen, of course- con manifas ante la Biblioteca Nacional, tiene por protagonistas a los dos códices de Leonardo da Vinci, Madrid I y II, que atesora esta institución.

El País de ayer nos anunciaba una nueva edición de los famosos códices, pero como veremos, cualquiera diría que aún hoy se acepta la posición oficial del régimen franquista en lo que a algún detalle interesante se refiere, y no lo que en realidad parece que sucedió. Me estoy refiriendo al descubrimiento de los dos manuscritos después de haberse considerado perdidos o robados durante más de cien años, asunto éste sobre el que el reportaje pasa de puntillas, como si quemase.

Con la muerte de Leonardo, sus papeles pasaron a uno de sus discípulos, Francesco Melzi, de este a un escultor de la corte de Felipe II, Pompeo Leoni, y de este a su vez a un noble estrafalario, Juan de Espina, del que se decía que vivía en Madrid, en un palacio destartalado, y era servido por autómatas de madera. A la muerte de Espina, sin descendencia, los códices pasaron al rey, a la Biblioteca Real.

En torno a 1830 se realiza el primer inventario de manuscritos de la hoy Biblioteca Nacional, y los códices en cuestión se asientan con una signatura equivocada. La que les correspondía era Aa 119 y Aa 120, pero se anotaron como Aa 19 y Aa 20. Inventarios posteriores no hicieron sino copiar las signaturas erróneas, con lo cual estos códices siguieron sin poder localizarse. Fue tal el interés de investigadores españoles y extranjeros, que el director por antonomasia de la BN, Marcelino Menéndez Pelayo, ordenó la búsqueda de los documentos, que resultó infructuosa y desde entonces se consideró que los famosos códices se habían robado en alguno de los trasiegos que sufrió la BN durante el siglo XIX.

En 1965 trabajaba en la BN un investigador americano, Jules Piccus, que había entablado amistad con el subdirector, José López de Toro, y debido a ello accedía personalmente al depósito de manuscritos en donde buscaba cancioneros españoles medievales. Aunque hoy pueda sorprender que un investigador acceda al depósito de un archivo (o biblioteca), me consta que por esas fechas no era del todo infrecuente que los investigadores se sirviesen ellos mismos, bien por falta de personal, bien porque eran asiduos, de toda confianza, y habiendo entablado amistad con el personal del archivo, se les permitía el acceso directo a la documentación.

Una mañana de primavera de 1965 estaba Jules Piccus buscando sus cancioneros en los depósitos cuando se topó, y lo que es más importante, identificó, sendos volúmenes como los dos códices de Leonardo que se daban por perdidos. De inmediato corrió a avisar a José López de Toro del descubrimiento, y con su permiso se llevó una copia microfilmada de los documentos. A finales de 1966 Piccus volvió a la BN y se encontró a Ladislao Reti, convocado por López de Toro, tal vez uno de los mayores especialistas en Leonardo de la época. El 13 de febrero de 1967 Piccus y Reti presentaron en la universidad del primero, la de Boston, el hallazgo. La noticia fue portada al día siguiente del New York Times, y durante meses Piccus fue entrevistado como una celebridad por prensa de todo el mundo.

El escándalo que se montó en España fue mayúsculo, incluso con manifas ante la BN en las que se incluían pancartas con el signo del dólar. Piccus, para no comprometer a López de Toro, declaró que había identificado esos documentos porque se los habían servido en su mesa de forma errónea, y no, como en realidad había sucedido, porque los había encontrado en los propios depósitos de la BN.

José López de Toro fue destituido de forma fulminante, al igual que el director de la BN, Miguel Bordonau y Mas, y el contrato que tenía Piccus para coeditar los códices, rescindido por parte española. Por si esto fuese poco, al bueno de Jules Piccus se le retiró el carné de investigador, falleciendo en 1997 sin haber vuelto a ver lo que se ha calificado como uno de los hallazgos bibliográficos más extraordinarios del siglo XX.

Os dejo el enlace a un magnífico reportaje de El Mundo correspondiente al 9 de marzo de 2003, que emplea como fuente a la viuda de Piccus, y cuyo contenido resumí en esta anotación.

MISTERIOS SIN RESOLVER

Y dejo también unas preguntas en el aire... En el reportaje publicado en El País de ayer, que al parecer sigue lo manifestado por el actual jefe de Manuscritos de la BN, y que pasa de puntillas sobre el hallazgo, leo que "el extravío, hasta 1964, de los manuscritos 8.937 y 8.936 de Leonardo (...)".

1.- ¿Hasta 1964? O bien hay una errata y en donde se anotó 1964 debía haberse escrito 1965... o bien se está siguiendo la tesis oficial de la época, según la cual los dos códices se habían identificado -antes de que Piccus lo hubiese hecho- por la propia institución, como lo demostraría el hecho de que hubiesen estado expuestos en el Día del Libro de 1965. Lo que no se dijo entonces es que se expusieron sin constancia de autor, entre los "fondos científicos" ¿Alguien se cree que unas obras de esta envergadura pueden figurar en una exposición institucional, por modesta que sea, sin identificar al autor si era cierto que en realidad se conocía?

2.- ¿Cuál será la posición actual de la BN?


ACTUALIZACIÓN [26/05/2008]

Rastreando bibliografía, me he encontrado con la versión oficial (1989), que excluye a Jules Piccus, al que ni se menciona:

André Corbeau escribió poco antes del hallazgo de los manuscritos, un trabajo aún hoy fundamental, titulado Les manuscrits de Leonard de Vinci. Contributions hispaniques a leur histoire. En él sugiere una nueva búsqueda y la revisión de las correspondencias entre signaturas antiguas y modernas: "...une remise en ordre des ces correspondances permetrait peut-être de retrouver ces deux manuscrits..." Finalmente, en el invierno de 1964 se encontraron los códices en los Depósitos de la Biblioteca Nacional, donde siempre habían estado.

Manuscritos de Leonardo da Vinci en la Biblioteca Nacional. Madrid : Ministerio de Educación y Ciencia, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1989, p. 7.

Los que queráis ver la portada del New York Times (14/02/1967) en donde apareció la noticia, así como al bueno de Miguel Bordonau y Mas con una cierta cara de susto en otra portada, la del ABC (16/02/1967), pinchad aquí (pp. 75-77).